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Yiyo El Zeneize: el bodegón centenario que sobrevivió al tiempo y a la pandemia

En Parque Avellaneda, una esquina con más de 100 años de historia conserva antiguas piletas de vino, recetas familiares, objetos de época y la memoria de varias generaciones.


Hay lugares que sirven comida y otros que, además, cuentan una historia. Yiyo El Zeneize pertenece claramente al segundo grupo.


Ubicado en la esquina de Eva Perón y Ameghino, en Parque Avellaneda, sus orígenes se remontan a 1921, cuando Egidio “Yiyo” Zoppi, un inmigrante piamontés, decidió instalar allí un almacén de ramos generales.


En un principio había pensado abrir una herrería, aprovechando el tránsito de carros que circulaban por la zona camino al matadero. Sin embargo, entendió que había una necesidad todavía mayor: un lugar donde comer, beber y abastecerse.


Así nació La Campana Piamontesa, el primer nombre del establecimiento. “Campana” era justamente la denominación que tenía entonces la actual avenida Eva Perón.


Con el paso de las décadas, el espacio fue transformándose. Funcionó como almacén, fábrica de encurtidos, fraccionadora de vino y bar, hasta convertirse en el bodegón que conocemos hoy.


El vino como parte de la historia


Uno de los detalles más interesantes de Yiyo El Zeneize es su estrecha relación con el vino. Todavía se conservan antiguas piletas donde se almacenaba vino a granel, además de botellas, damajuanas y objetos que permiten imaginar cómo funcionaba el lugar décadas atrás.


También sobreviven los saberes vinculados a las conservas y los encurtidos. Berenjenas, aceitunas, tomates secos y otras preparaciones recuperan parte de aquella tradición familiar y conectan la carta actual con la antigua fábrica que alguna vez funcionó allí.


Un punto de encuentro del barrio


Durante décadas, Yiyo El Zeneize fue también un espacio de reunión y vida social.

Por sus mesas pasaron figuras ligadas al tango y a la cultura popular argentina, entre ellas Mariano Mores, Osvaldo Pugliese, Libertad Lamarque, Minguito Altavista y Justo Suárez, conocido como “El Torito de Mataderos”.


La familia incluso sostiene que allí funcionó el primer teléfono del barrio, otro detalle que habla del papel que este tipo de establecimientos tenían en la vida cotidiana de Buenos Aires.


El momento en que casi desaparece


La historia estuvo cerca de terminar en 2020. Luis y Batista, hijos de Yiyo, murieron con pocos meses de diferencia y, en plena pandemia, el futuro del establecimiento quedó en duda.


Fue entonces cuando una nueva generación familiar, junto con un grupo de gastronómicos, comenzó a recuperar el lugar. Primero aparecieron experiencias temporales y pop-ups. Después llegó la reapertura definitiva.


La restauración se hizo con una fuerte mirada patrimonial: fotografías antiguas, documentos y testimonios de vecinos ayudaron a reconstruir la memoria del espacio.

La intención, sin embargo, nunca fue convertirlo en un museo solemne.


El objetivo fue preservar esa mezcla difícil de definir y justamente por eso tan porteña: algo de casa de abuela, algo de fonda, algo de museo y mucho de bar de barrio.

Hoy, Yiyo El Zeneize cuenta además con reconocimiento patrimonial de la Ciudad, que declaró al establecimiento Sitio Histórico y reconoció sus prácticas, saberes y carta gastronómica como parte del patrimonio cultural.


Su historia deja una pregunta interesante: ¿cómo se moderniza un bodegón de más de cien años sin convertirlo en una escenografía del pasado?


Quizás la respuesta esté justamente ahí: conservar la memoria, pero mantener las mesas ocupadas.


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