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De una torta de 124 metros al restaurante más caro del mundo: cuatro noticias que sorprenden


Cuatro historias completamente diferentes, pero con algo en común: muestran hasta dónde pueden llegar la creatividad, la tecnología y, por qué no, las ganas de romper récords.


Una torta de 124 metros en San Miguel del Monte


San Miguel del Monte volvió a superar su propia marca durante una nueva edición del tradicional Festival de la Torta y el Chocolate.


El gran atractivo fue una torta de nada menos que 124,10 metros de largo, que se convirtió en la más extensa realizada en la provincia de Buenos Aires y superó por 90 centímetros la marca alcanzada el año anterior.


La elaboración estuvo a cargo de la Panadería El Sol, acompañada por un importante grupo de voluntarios, instituciones y vecinos.


La receta no buscó demasiadas vueltas: bizcochuelo de vainilla, abundante dulce de leche repostero, almíbar, merengue italiano, chocolate y golosinas de colores.


Para completar la celebración, se distribuyeron además más de 350 litros de chocolatada caliente entre quienes participaron del encuentro en la Plaza Adolfo Alsina.


Más allá del récord, el evento se convirtió nuevamente en una enorme celebración comunitaria alrededor de algo tan simple y universal como compartir una porción de torta.


Sublimotion: ¿pagarías 1.760 euros por una cena?


En el otro extremo del espectro gastronómico aparece Sublimotion, en Ibiza, considerado uno de los restaurantes más caros y extravagantes del mundo.


La experiencia cuesta 1.760 euros por persona y está limitada a solamente 12 comensales por sesión.


Pero definirlo simplemente como un restaurante se queda corto.


Creado por el chef Paco Roncero junto con especialistas en diseño y entretenimiento, Sublimotion propone alrededor de tres horas de una experiencia que mezcla gastronomía, teatro, música, proyecciones, aromas, cambios de temperatura y tecnología.


Los doce invitados comparten una única mesa dentro de una sala en la que tanto las paredes como la propia mesa funcionan como superficies digitales capaces de transformar completamente el escenario.


En su nueva temporada también incorporó una alianza con Meta para sumar experiencias de realidad virtual.


No existe carta ni posibilidad de elegir platos: todos los participantes recorren el mismo menú degustación y el mismo espectáculo.


Uno de sus platos históricos más representativos es “El Huerto de Paco Roncero”, una composición vegetal en la que todos los elementos son comestibles y que invita al comensal a realizar su propia “recolección”.


En este caso, el precio no paga solamente comida. Lo que se vende es una experiencia completa donde la gastronomía funciona como parte de un espectáculo.


El casco de moto que parece salido del futuro


La realidad aumentada también empieza a meterse cada vez más en actividades cotidianas.


El Shoei GT-Air 3 Smart propone llevar al casco de un motociclista una tecnología similar a la que durante años asociamos con aviones de combate o videojuegos.


Desarrollado por Shoei junto con la compañía francesa EyeLights, incorpora un pequeño display nano-OLED en la zona superior de la visera.


Allí pueden aparecer datos como velocidad, navegación giro a giro, llamadas o distintas alertas, de manera que el conductor no necesite bajar la vista hacia el tablero o el teléfono.


La información se proyecta visualmente como si estuviera situada algunos metros por delante del usuario.


El objetivo es claro: mantener los datos necesarios dentro del campo visual y reducir las distracciones.


El precio también confirma que se trata, por ahora, de tecnología premium. El sistema ronda los 500 euros, mientras que el casco completamente integrado se ubica alrededor de los 1.200 euros en Europa.


Es una muestra interesante de hacia dónde puede evolucionar el equipamiento para motos: menos dispositivos separados y más información integrada directamente en aquello que ya utilizamos.


Cuando un rollo de papel higiénico se transforma en arte


La última historia demuestra que para crear algo sorprendente no siempre hace falta tecnología de última generación. A veces alcanza con un tubo de cartón.

Junior Fritz Jacquet es un artista y escultor francés de origen haitiano especializado en trabajar con papel.


Entre sus obras más conocidas se encuentran pequeñas máscaras elaboradas a partir de rollos de papel higiénico.


Jacquet trabaja directamente sobre el cilindro de cartón: lo aplasta, dobla y arruga con las manos hasta formar ojos, bocas, narices y distintas expresiones.


Puede humedecer ligeramente el material para volverlo más maleable y conseguir pliegues complejos sin romper las fibras.


Después endurece y colorea las piezas hasta conseguir acabados que pueden recordar a la madera, el bronce o la cerámica.


El resultado tiene algo particularmente atractivo: un objeto diseñado para ser descartado termina convertido en una pieza artística completamente única.


El artista también trabaja con esculturas y luminarias realizadas en papel plegado, que comercializa mediante exposiciones, galerías y su propio trabajo artístico.


De romper récords a reinventar objetos cotidianos


Estas historias ocurren en mundos completamente diferentes.


Una comunidad que se reúne alrededor de una torta gigantesca. Un restaurante que transforma una cena en espectáculo tecnológico. Un casco que lleva la realidad aumentada a la ruta. Y un artista que encuentra rostros donde los demás solamente vemos cartón.

Pero todas muestran algo parecido: la capacidad de tomar algo conocido y llevarlo un

poco más lejos.


Porque muchas veces lo extraordinario no empieza inventando algo completamente nuevo. Empieza mirando algo cotidiano de una manera diferente.


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