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Drones en viñedos: cuando la tecnología también se mete entre las hileras


Los drones empiezan a usarse en viñedos de Nueva Zelanda y Australia para aplicar tratamientos contra mildiu y otras enfermedades de la vid.


Menos compactación del suelo, menor uso de combustible y más precisión: ¿moda tecnológica o futuro de la viticultura?


Drones en viñedos: ¿el futuro de la viticultura sustentable?


Hasta hace algunos años, cuando hablábamos de tecnología en el vino pensábamos en sensores, estaciones meteorológicas, imágenes satelitales o sistemas de riego inteligentes. Pero ahora hay otro protagonista sobrevolando las hileras: los drones agrícolas.


En distintos viñedos de Nueva Zelanda y Australia, los drones ya se están usando para aplicar tratamientos contra enfermedades de la vid como mildiu, oídio y botrytis, especialmente en zonas donde la humedad, las lluvias o las ventanas cortas de trabajo hacen que entrar con maquinaria pesada sea complicado. Y acá empieza lo interesante: no se trata solo de una herramienta “cool” para filmar viñedos desde arriba. Estamos hablando de una tecnología que puede cambiar la forma de trabajar el campo.


En Nueva Zelanda, por ejemplo, la bodega Felton Road, en Central Otago, incorporó un drone pulverizador eléctrico como alternativa al tractor diésel para ciertas tareas. Según el caso publicado por la autoridad neozelandesa de eficiencia energética, el uso del drone permitió reducir alrededor de 1.700 litros de diésel al año y unas 5 toneladas de CO₂ anuales, además de trabajar con mayor velocidad en determinadas aplicaciones.


¿Por qué usar drones en lugar de tractores?


La explicación más simple es esta: un drone no pisa el suelo.

Y en viticultura eso importa muchísimo. El suelo no es una alfombra decorativa debajo de la vid; es un organismo vivo, con estructura, microorganismos, materia orgánica, aire, agua y raíces trabajando en silencio. Cada pasada de maquinaria pesada puede compactarlo, especialmente cuando está húmedo. Y un suelo compactado respira peor, drena peor y puede afectar el desarrollo de las raíces.


En Tasmania, un caso documentado sobre pulverización con drones en viñedos mostró que el sistema permitió aplicar tratamientos temprano en la temporada sin dañar el suelo, mejorar la oportunidad de aplicación y pasar de una tasa aproximada de 1 hectárea por hora con equipo terrestre a 6 hectáreas por hora con drone.


Para viñedos con pendientes, suelos delicados, plantas viejas o marcos de plantación angostos, esto puede ser una diferencia enorme. No es lo mismo entrar con un tractor que sobrevolar las hileras. La vid, agradecida; el suelo, también.


Mildiu, oídio y el gran desafío sanitario del viñedo


El punto central es que muchas enfermedades de la vid son fúngicas y aparecen o se intensifican con determinadas condiciones climáticas. En Nueva Zelanda, investigadores de la Universidad de Auckland señalaron que enfermedades como oídio, botrytis y mildiu representan amenazas importantes para los viñedos, incluso en un país donde el 98% de los viñedos está certificado bajo el programa de viticultura sustentable de la industria.

Esto muestra algo clave: la sustentabilidad no significa “no hacer nada”. Significa tomar mejores decisiones. A veces, el manejo más sustentable no es eliminar todas las intervenciones, sino hacerlas de manera más precisa, con menor impacto y en el momento adecuado.


Ahí entran los drones: pueden ser útiles para aplicar productos autorizados, incluidos tratamientos compatibles con esquemas orgánicos según cada normativa, en momentos donde el tractor no puede ingresar o donde hacerlo implicaría compactar el suelo, dañar plantas o gastar más combustible.


Menor huella de carbono: ¿dato real o frase linda para vender tecnología?


Hay que tener cuidado con las promesas mágicas, porque el vino ya tiene suficientes mitos como para sumar drones con capa de superhéroe. Pero sí hay evidencia interesante.

Un estudio publicado en PLOS One en 2025 comparó la pulverización con drones frente a métodos convencionales y destacó beneficios ambientales vinculados a menor consumo energético y reducción de emisiones. El trabajo señala, además, que el potencial de calentamiento global de pulverizadores montados en tractor puede ser hasta tres veces mayor que el de drones en determinados escenarios.


¿Esto significa que todos los viñedos deberían salir corriendo a comprar drones? No. Significa que, en ciertos contextos, pueden ser una herramienta muy valiosa dentro de una estrategia más amplia de viticultura de precisión.


Porque la pregunta no es “drone sí o drone no”. La pregunta correcta es: ¿para qué viñedo, para qué enfermedad, con qué producto, en qué momento y con qué objetivo?


Viñas viejas, menos daño y más precisión


Uno de los argumentos más interesantes tiene que ver con las vides viejas. Las plantas antiguas suelen tener troncos más sensibles, estructuras más irregulares y un valor patrimonial enorme. En esos viñedos, reducir el tránsito de maquinaria puede ayudar a evitar golpes, roturas o daños físicos.


Además, los drones permiten programar rutas, ajustar alturas, trabajar con mapas y aplicar en sectores específicos. En agricultura, eso se llama precisión. En lenguaje menos técnico: dejar de tratar todo igual cuando el viñedo no es todo igual.

Y eso es muy importante, porque una finca no es una planilla de Excel perfecta. Tiene zonas más húmedas, sectores con más vigor, partes más expuestas al viento, suelos distintos, plantas más débiles y plantas más fuertes. La tecnología bien usada permite mirar esa diversidad con más inteligencia.


¿Reemplazan al agrónomo?


No. Y acá me pongo seria, pero poco, porque la solemnidad nos seca más que un corcho viejo.


Los drones no reemplazan al agrónomo, al viticultor ni al enólogo. Los drones son herramientas. El criterio sigue siendo humano. Alguien tiene que decidir qué aplicar, cuándo, cuánto, dónde y por qué. Alguien tiene que mirar la planta, interpretar el clima, entender el suelo, evaluar el riesgo sanitario y pensar el impacto a largo plazo.

El vino nace en el viñedo, sí. Pero cada vez más, ese viñedo se trabaja combinando observación, experiencia, ciencia y tecnología. La postal romántica de la vid sigue estando, pero ahora también puede haber un dron pasando por arriba con una precisión que hace unos años parecía ciencia ficción.


La tecnología no le quita alma al vino


Hay una idea que me encanta discutir: la creencia de que cuanto más tecnología hay, menos “natural” o menos auténtico es el vino. Para mí, es al revés. La buena tecnología no debería tapar el origen, sino ayudar a expresarlo mejor.

Si un drone permite entrar a tiempo con un tratamiento, evitar compactar el suelo, reducir combustible, cuidar plantas viejas y aplicar con mayor precisión, entonces no estamos hablando de una amenaza para la identidad del vino. Estamos hablando de una herramienta para protegerla.


Porque al final, el objetivo sigue siendo el mismo de siempre: uvas sanas, viñedos vivos y vinos que expresen su lugar.


La diferencia es que ahora, además del agrónomo caminando la finca, el enólogo probando uvas y el productor mirando el cielo, también puede haber un drone ayudando a tomar mejores decisiones.


Y sí: el futuro del vino parece que también viene con hélices.


Los drones en viñedos no son una moda aislada. Son parte de una tendencia más grande: viticultura de precisión, sustentabilidad, reducción de impacto ambiental y adaptación al cambio climático. En Nueva Zelanda y Australia ya se están usando para tratamientos contra enfermedades de la vid, especialmente en contextos donde el acceso con maquinaria es difícil o riesgoso para el suelo.


¿Son la solución a todos los problemas del viñedo? No.


¿Son una herramienta poderosa cuando se usan con criterio? Absolutamente.


Y ahora quiero saber: ¿alguien ya vio drones trabajando en viñedos por Argentina?

 
 
 

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