El viñedo no está solo: biodiversidad, montaña y vino en Xumek
En el Valle de Zonda, San Juan, Xumek desarrolla sus viñedos dentro de un paisaje donde conviven monte nativo, guanacos, ñandúes, cóndores y otras especies. Una manera diferente de entender el terroir: no solamente como suelo y clima, sino como parte de un ecosistema.
Cuando pensamos en un viñedo, probablemente la primera imagen sea bastante sencilla: hileras de vides, montañas al fondo y, con un poco de suerte, una copa de vino cerca.
Pero en Xumek el viñedo no está solo.
En plena Precordillera sanjuanina, las vides conviven con guanacos, ñandúes, monte nativo y otras especies que forman parte de un paisaje mucho más amplio.
Y ahí surge una pregunta interesante: ¿qué tiene que ver todo eso con el vino?
Mucho más de lo que parece.
Una reserva natural alrededor de los viñedos
Xumek está ubicada en el Valle de Zonda, uno de los paisajes vitivinícolas de San Juan, marcado por la montaña, la aridez y las diferentes alturas.
El proyecto se desarrolla sobre un territorio de alrededor de 15.000 hectáreas convertido en reserva privada de flora y fauna. Allí se llevan adelante proyectos experimentales de reproducción de guanacos y ñandúes con el objetivo de contribuir a su reinserción en ambientes naturales donde sus poblaciones fueron afectadas.
Además, se implantaron más de 10 hectáreas de monte nativo a partir de especies propias de la zona, entre ellas algarrobos, tuscas y jarillas.
Y fuera de los sectores manejados por el hombre, el paisaje sigue teniendo vida propia.
En este ambiente también habitan en libertad zorros, pumas, cóndores y águilas, junto con distintas especies vegetales características de la región.
¿Qué tiene que ver la biodiversidad con el terroir?
Muchas veces utilizamos la palabra terroir casi como sinónimo de suelo.
Pero es bastante más complejo.
Cuando hablamos del origen de un vino entran en juego el clima, la altura, el tipo de suelo, la disponibilidad de agua, la orientación del viñedo y las plantas que crecen alrededor. También importa la biodiversidad y, por supuesto, la manera en que las personas deciden trabajar e intervenir ese ambiente.
El viñedo no funciona dentro de una burbuja.
Forma parte de un ecosistema.
Y entenderlo de esa manera cambia también nuestra mirada sobre qué significa preservar un lugar vitivinícola.
No se trata solamente de cuidar las plantas que producen uvas. Se trata de conservar las condiciones y el entorno en el que esas vides se desarrollan.
Cuando la jarilla aparece en la copa
Hay un detalle de Xumek que me resulta especialmente interesante porque permite unir paisaje y vino de una manera muy concreta.
En la ficha técnica de su Malbec, la propia bodega menciona una nota de jarilla, una planta absolutamente ligada al paisaje árido cuyano, entre sus descriptores aromáticos.
El vino combina uvas procedentes de distintos sectores de Zonda, incluyendo un porcentaje de Finca La Ciénaga, ubicada a más de 1.450 metros sobre el nivel del mar. Xumek señala específicamente entre sus notas de cata los aromas florales y los recuerdos de la flora del lugar, particularmente la jarilla.
Eso no significa, por supuesto, que el vino absorba literalmente el aroma de las plantas que crecen a su alrededor.
Pero sí resulta fascinante encontrar en una copa un descriptor que inmediatamente nos remite al paisaje del que proviene.
Y ahí el concepto de terroir deja de ser algo abstracto.
De la montaña a la copa
En Xumek, además, las diferencias dentro del propio Valle de Zonda son importantes.
Finca La Ciénaga se encuentra a unos 1.470 metros sobre el nivel del mar, con suelos aluvionales, pedregosos y calcáreos. El agua de deshielo que desciende desde los Andes aflora allí por las características geológicas del terreno. Esas condiciones permiten elaborar vinos con un perfil particular de frescura y concentración.
Es decir que cuando hablamos del paisaje no estamos hablando solamente de algo lindo para fotografiar durante una visita a la bodega.
Estamos hablando del lugar donde nace la materia prima.
La naturaleza no es una escenografía.
Quizás esa sea la idea que más me quedó después de conocer este proyecto.
Enoturismo, vino y naturaleza suelen presentarse como experiencias separadas: visitamos el viñedo, conocemos algunos animales, miramos la montaña y finalmente degustamos.
Pero en realidad todo forma parte del mismo lugar. Las vides son apenas una de las especies que lo habitan. Los guanacos, los ñandúes, los árboles, la jarilla, las aves, la montaña, el agua y las personas forman distintas capas de un mismo paisaje.
Y por eso conservar la biodiversidad no debería pensarse solamente como algo que sucede alrededor del vino.
También es una manera de preservar el lugar que le da origen.
Porque el terroir empieza mucho antes de la copa.
Y el viñedo, aunque a veces nos olvidemos, nunca estuvo solo.
🍷 ¿Habías pensado alguna vez el terroir como un ecosistema completo y no solamente como suelo y clima?


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