Cuando el vino dejó de ser una pasión y se convirtió en un camino
- Marisol de la Fuente

- 29 abr
- 4 Min. de lectura
Hablar de vino nunca fue, para mí, solamente hablar de una bebida. Siempre fue hablar de personas, de cultura, de historia, de emociones y de la forma en la que una copa puede contar mucho más.
Mi camino como sommelier nació justamente desde ahí: desde la curiosidad, desde las ganas de entender y, sobre todo, desde la necesidad de comunicar.
Muchas veces me preguntan cuándo empezó todo. Y la respuesta no está en una fecha exacta ni en una botella puntual, sino en una inquietud que fue creciendo con el tiempo. Mientras desarrollaba mi carrera profesional en marketing, comunicación y periodismo, el vino empezó a ocupar cada vez más espacio. Primero como interés, después como estudio serio y finalmente como una decisión clara: quería formarme de verdad, entenderlo en profundidad y encontrar mi propia manera de contarlo.
Estudiar de bebidas: mucho más que aprender a degustar
Existe una idea bastante instalada de que estudiar vino significa simplemente aprender a catar o memorizar varietales. La realidad es muchísimo más amplia. Estudiar vino implica entender geografía, historia, agronomía, química, mercados, comportamiento del consumidor y, sobre todo, aprender a traducir todo eso en experiencias reales.
Cuando decidí avanzar en la formación como sommelier internacional, entendí rápidamente que no alcanzaba con saber. Había que estudiar, practicar, equivocarse, volver a empezar y aceptar que el aprendizaje en este mundo nunca termina.
Cada curso, cada cata, cada vendimia, cada visita a bodegas y cada conversación con productores fue sumando una capa nueva. Porque el vino y las bebidas no se aprenden solamente en los libros: también se conocen caminando viñedos, escuchando historias y entendiendo que detrás de cada botella hay decisiones humanas.
Encontrar una forma propia de comunicar
Mi recorrido profesional en comunicación fue, en realidad, una gran ventaja. Nunca vi al vino como un universo separado, sino como un espacio donde podía combinar todo lo que ya sabía con todo lo que quería aprender.
Ahí apareció uno de los grandes diferenciales de mi trabajo: no quería hablarle solamente al experto. Quería acercar el vino a quienes sentían que ese mundo era lejano, complicado o demasiado solemne.
Así nació una forma de comunicar más cercana, más clara y más humana. Desde columnas en radio y televisión hasta contenidos digitales, cursos, masterclasses, conferencias y mi libro Te cuento el vino, publicado por Penguin Random House, el objetivo siempre fue el mismo: bajar el vino y las bebidas de su pedestal.
Porque comunicar no debería ser intimidar. Debería ser invitar.
De las primeras clases a una comunidad real
Uno de los momentos más importantes de este recorrido fue empezar a dar clases. Ahí confirmé que enseñar no era solamente transmitir información, sino generar confianza. Muchas personas llegaban con miedo a “no saber”, creyendo que el vino era un territorio reservado para unos pocos.
Mi trabajo fue demostrar exactamente lo contrario.
En los últimos años tuve la posibilidad de formar a miles de alumnos, trabajar con bodegas, empresas, ferias internacionales y convertirme en speaker, moderadora y capacitadora en distintos espacios donde el vino y las bebidas se cruzan con el marketing, la gastronomía, el consumo y las tendencias.
Esa combinación entre formación técnica y experiencia en comunicación terminó construyendo una propuesta propia: hablar desde el conocimiento, pero también desde la cercanía.
El reconocimiento internacional y la masterclass en Vinitaly
Hay momentos que funcionan como una especie de confirmación silenciosa de que el camino valió la pena. Uno de ellos fue haber sido reconocida por la IWSC como Wine Communicator of the Year 2026.
Todavía hoy me cuesta dimensionarlo. No solo por el premio en sí, sino por lo que representa: una argentina, comunicando vino desde Latinoamérica, siendo reconocida en uno de los escenarios más importantes del mundo.
Ese reconocimiento me llevó a otro momento inolvidable: dar una masterclass en Vinitaly,
en Verona, una de las ferias más importantes de la industria.
La charla no empezó ese día en Italia. Empezó mucho antes. En horas de estudio, en inseguridades, en errores, en momentos donde pensé si realmente podía estar ahí. Empezó cada vez que decidí seguir incluso cuando era más fácil frenar.
Hablar en inglés sobre Barolo y Barbaresco, frente a profesionales de todo el mundo y con productores italianos en la sala, fue un enorme desafío. Pero lo más valioso no fue eso. Fue ver la sala llena. Fue tener a los productores compartiendo sus vinos, sus historias y sus experiencias.
Fue comprobar que, en lugar de esa solemnidad casi funeraria que a veces invade las charlas profesionales del vino, había risas, preguntas, intercambio real y alegría. Ahí confirmé algo importante: estudiar sirve. Prepararte sirve. Fracasar también sirve. Y animarte cuando todavía no te sentís lista sirve todavía más.
El vino como forma de conectar
Nada de esto pasó por casualidad. Fue el resultado de insistir, de sostener procesos largos y de confiar incluso cuando todavía no había resultados visibles.
Muchas veces sentimos que el esfuerzo no se nota, que nadie lo valora o que quizá estamos llegando tarde. Hasta que un día estás frente a una sala llena, con un micrófono en la mano, y entendés que todo ese recorrido tenía sentido.
Hoy sigo creyendo lo mismo que al principio: el vino no es solamente vino. Es cultura, identidad, emoción y una enorme oportunidad para conectar.
Y si algo me enseñó este camino como sommelier es que aprender nunca termina, pero tampoco debería terminar la curiosidad.
Porque al final, comunicar vino no se trata de hablar más difícil. Se trata de hacer que más personas quieran acercarse a descubrirlo.













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